Ese hombre que ves ahí no es más que los restos que quedaron de una vida ya marchita, el desgastado tiempo de muchos sueños realizados, una mancha y nada más. En su piel hay tatuados con dolorosos gemidos rostros de pasiones, lujurias y amores. Tras el paso con su agradable sonrisa pasajera, sus huellas sólo dejan injurias eternas. Y el odio que sus ojos guardan, lamentaciones y gritos sordos, recuerdos de guerras ganadas, su imagen clavada. En la lista hay un último desengaño que disfruta con el alma en el abismo, ardiendo en llamas mientras llora lagrimas secas, rindiéndole a Dios ridículas suplicas que pretendía desesperado logrando recompensas vacías, sacrificando sus ilusiones por torpes aceptaciones. Simplemente ira vagando hasta encontrar la pesadilla que ha soñado.
Sí, tras la maldita necesidad de saciar tu sed, de calmar ese deseo inagotable de dolor, estaré esperando, herido, con la piel rasgada, viejo ya, y acabara esa pasión de vivir, de sentir. Sí, soy el maldito resultado de tu error, de mi error, el detestable cáncer terminal de nosotros dos, un puto dibujo abstracto en la pared de tu memoria. Sí, tú eres quizá la gloriosa imagen que habita en este pútrido cerebro, la cura de la jodida enfermedad que no existe, el dolor que no es dolor, mi éxtasis, esa endemoniada necesidad de escribir. Pero ahora vienes y te buscas en el centro de mi perturbado corazón, buscando el gusano idéntico a ti, queriendo irte de mí. Y sorpresa, ves lo que querías, una fosa en mi pecho, un corazón abierto, quizá lo olvidaste, pero recuerdo que así lo dejaste. No duele tu existencia, no duelen tus palabras, duele tu ausencia, la estadía de tu falta, tener que botar el segundo plato de comida.
Un pecado mal obrado. Ha sido un plan perfectamente maquinado, inevitablemente fallado. Se contaba con el insomnio, se tenía la bulimia, ya casi llegaba la demencia. El cargamento de drogas esperaba atrás, morfina y heroína. El espejo quebrado, 37 ojos lo miraban. La puerta trabada, el teléfono ahogado. En la televisión las farándulas y en la radio alaridos lo suficientemente fuertes como para ser oídos. Desde un rincón alumbraban tres velas, el tic tac del reloj se pronunciaba y gemía, fuerte como un huracán, volviendo los segundos dolorosas agujas que se clavaban en sus ojos. La carta esperaba en el buzón, la carga en el cartucho, Smith en su mano izquierda, una foto en su mano derecha y él en medio de la sala. Su cuerpo dibujaba una decrépita silueta, esquelética y pálida, simplemente asquerosa, había regado a su alrededor todas las fotos, todos los recuerdos sucios, gastados, dolorosos, pesados, inútiles, ridículos, torpes, bañados en la espesa sangre que caía de sus manos, justo lo que necesitaba. Miró la fotografía, quería sentir por última vez el dolor en su pecho, giro la ruleta y empezó el juego... clic...