Ese hombre que ves ahí no es más que los restos que quedaron de una vida ya marchita, el desgastado tiempo de muchos sueños realizados, una mancha y nada más. En su piel hay tatuados con dolorosos gemidos rostros de pasiones, lujurias y amores. Tras el paso con su agradable sonrisa pasajera, sus huellas sólo dejan injurias eternas. Y el odio que sus ojos guardan, lamentaciones y gritos sordos, recuerdos de guerras ganadas, su imagen clavada. En la lista hay un último desengaño que disfruta con el alma en el abismo, ardiendo en llamas mientras llora lagrimas secas, rindiéndole a Dios ridículas suplicas que pretendía desesperado logrando recompensas vacías, sacrificando sus ilusiones por torpes aceptaciones. Simplemente ira vagando hasta encontrar la pesadilla que ha soñado.