viernes, 4 de marzo de 2011

Tres años

Habían pasado tres años y yo seguía metido en este hoyo de mala muerte que durante un tiempo a esos infelices les gusto llamar hogar. Hace tres años su sangre logró, casi que por obra de un mago, escabullirse por cada rincón habido entre estos muros, incluso a mi boca, donde me lograron tanta repugnancia que la cordura se tuvo que ver obligada a recoger sus harapos e irse donde la locura no le pudiera encontrar, detrás de su ida se hizo inminente la llegada de la desesperación y la confusión, pudieron las dos ganar cada vez más poder, desterrando a la ilusión y esperanza.

Hace dos años su sangre todavía la podía sentir fresca, gotas caían del techo con el único fin de no dejarme olvidar sus pecados, para recordarme que la cuenta no estaba saldada. Por éste tiempo la oscuridad ya había arribado, con tanta grandeza que la luz murió en lo que duró uno de mis breves suspiros desalentados que últimamente se veían seguidos de mil voces de mujeres sin sentido, de desapariciones de olvidos, de notas pegadas en el refrigerador diciendo que estaba vacío.

Hace un año esa sangre seguía fluyendo, la escuchaba correr por la alcantarilla, sonaba tras las diez mil voces cuerdas que me pedían caminar por el techo y mil sin sentido que me querían llevar al olvido. El olor putrefacto de los cadáveres de las alegrías, carroñados por las negras rabias, empezaba a inundar la ya insoportable oscuridad, y acá, incluso la soledad me había dejado cuando en los charcos sentía el torpe golpe de la cordura volver, para inevitablemente morir.

Hoy, pasados tres años, bañado en sangre, maniático, alterado y desconcertado, ciego de mantener olvidos, sordo de tantas voces, hundido en la oscuridad, ahogado en infectos pensamientos, rodeado de rabia y tan solo como soledad, sofoco los últimos deseos en mi sangre, mato el dolor con el mismo dolor.


miércoles, 3 de marzo de 2010

Ese viejo

Ese hombre que ves ahí no es más que los restos que quedaron de una vida ya marchita, el desgastado tiempo de muchos sueños realizados, una mancha y nada más. En su piel hay tatuados con dolorosos gemidos rostros de pasiones, lujurias y amores. Tras el paso con su agradable sonrisa pasajera, sus huellas sólo dejan injurias eternas. Y el odio que sus ojos guardan, lamentaciones y gritos sordos, recuerdos de guerras ganadas, su imagen clavada. En la lista hay un último desengaño que disfruta con el alma en el abismo, ardiendo en llamas mientras llora lagrimas secas, rindiéndole a Dios ridículas suplicas que pretendía desesperado logrando recompensas vacías, sacrificando sus ilusiones por torpes aceptaciones. Simplemente ira vagando hasta encontrar la pesadilla que ha soñado.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Esto somos

Sí, tras la maldita necesidad de saciar tu sed, de calmar ese deseo inagotable de dolor, estaré esperando, herido, con la piel rasgada, viejo ya, y acabara esa pasión de vivir, de sentir. Sí, soy el maldito resultado de tu error, de mi error, el detestable cáncer terminal de nosotros dos, un puto dibujo abstracto en la pared de tu memoria. Sí, tú eres quizá la gloriosa imagen que habita en este pútrido cerebro, la cura de la jodida enfermedad que no existe, el dolor que no es dolor, mi éxtasis, esa endemoniada necesidad de escribir. Pero ahora vienes y te buscas en el centro de mi perturbado corazón, buscando el gusano idéntico a ti, queriendo irte de mí. Y sorpresa, ves lo que querías, una fosa en mi pecho, un corazón abierto, quizá lo olvidaste, pero recuerdo que así lo dejaste. No duele tu existencia, no duelen tus palabras, duele tu ausencia, la estadía de tu falta, tener que botar el segundo plato de comida.

Suicida

Un pecado mal obrado. Ha sido un plan perfectamente maquinado, inevitablemente fallado. Se contaba con el insomnio, se tenía la bulimia, ya casi llegaba la demencia. El cargamento de drogas esperaba atrás, morfina y heroína. El espejo quebrado, 37 ojos lo miraban. La puerta trabada, el teléfono ahogado. En la televisión las farándulas y en la radio alaridos lo suficientemente fuertes como para ser oídos. Desde un rincón alumbraban tres velas, el tic tac del reloj se pronunciaba y gemía, fuerte como un huracán, volviendo los segundos dolorosas agujas que se clavaban en sus ojos. La carta esperaba en el buzón, la carga en el cartucho, Smith en su mano izquierda, una foto en su mano derecha y él en medio de la sala. Su cuerpo dibujaba una decrépita silueta, esquelética y pálida, simplemente asquerosa, había regado a su alrededor todas las fotos, todos los recuerdos sucios, gastados, dolorosos, pesados, inútiles, ridículos, torpes, bañados en la espesa sangre que caía de sus manos, justo lo que necesitaba. Miró la fotografía, quería sentir por última vez el dolor en su pecho, giro la ruleta y empezó el juego... clic...